Todo lo exageradamente bello que era capaz de crear, lo hacía preso del impulso. El impulso lo poseía y lo utilizaba para abrirse paso desde el mundo de los sentimientos al de los sentidos. Y no podía explicarlo con más detalle y entrega que como había sido capaz de hacerlo mientras lo comprendía, en el momento en que formaba parte de él, cuando volcaba la tinta y el sudor sobre el papel, la piel y el cielo.
Cuando la gente lo veía, exigía una traducción a un lenguaje más lógico, un lenguaje accesible a cualquiera, como si aquellos anhelos fueran universales. Pero como tantos otros dialectos sin posibilidad de traducción, había de entenderse en sí mismo. La visión de aquel cuadro solo podía rescatar el sentimiento del interior de aquellos que lo habían experimentado alguna vez.